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El niño que pega

Una de las conductas que más preocupan a los padres es que su hijo pegue. Suele aparecer a partir del año y si actuamos bien puede aprender que no es bueno.

Conforme el niño crece, va adquiriendo la capacidad de hacer cada vez más cosas. Algunas las consideramos positivas, pero otras no tanto. Vamos a hablar de los niños que empiezan a pegar y cómo actuar durante los primeros años parar reducir esa conducta.

Que un niño pegue es algo muy mal visto. La progresión de la sociedad se ha basado entre otras cosas en la contención de la agresividad.

Pero es normal que todos los niños lo hagan. En realidad no es sino la evidencia de que ya tiene la capacidad de hacer daño. Lo importante en los primeros momentos es entender que cuando pega por primera vez no sabe en realidad lo que está haciendo. No usa su fuerza con intención de dañar. En la mayoría de los casos, la primera torta que cualquier padre se ha llevado aparece porque el niño se emociona mientras juega con nosotros o porque ha agitado la mano para «defenderse» de nosotros durante un juego y lo ha hecho con «puntería». En esas ocasiones la postura más lógica es no darle importancia.

Pero poco a poco sí que empieza a hacerse consciente de que esa acción hace daño. Y en algunos casos empieza a hacerse cada vez más frecuente.

Parte de las funciones de la educación es el hecho de modular las capacidades que el niño adquiere en su desarrollo. Y si lo entendemos desde una visión respetuosa, lo que buscamos es fundamentalmente el bien futuro del niño.

En este caso concreto, si el niño no entiende que pegar no es una conducta adecuada, tendrá problemas serios en el futuro, porque la sociedad no admite la agresividad como medio para conseguir las cosas, ni como expresión aceptable.

En educación hay que entender algunas claves:

  1. Los resultados no son nunca inmediatos. Educar es un proceso, diferente en cada niño en cuanto a su duración y en la forma en la que se pueden conseguir resultados. Seguro que vamos a llevarnos muchos tortazos, bocados o arañazos antes de que nuestro hijo entienda que no debe hacerlo.
  2. En el fondo una de las cosas que buscamos es que el niño aprenda a convivir con otros en el futuro. Debemos pensar cómo actúa la sociedad frente a una conducta negativa para saber cómo le resultará más fácil al niño entender la reacción de los demás en el futuro. Y dentro de un ambiente más comprensivo y cariñoso del que encontrará después enseñarle cuál es el resultado de su conducta. Debemos escoger el mensaje que queremos transmitir.

Cuando hablamos de niños que pegan, hay quien reacciona con la idea de «el niño va a entender que puestos a pegar yo lo hago más fuerte». El problema es que el mensaje que comunicamos al niño es que la agresividad es una forma válida de imponer cosas a los demás y de conseguir objetivos. Mientras sean los padres los más fuertes tal vez eso funcione, pero ¿qué pasará el día que nuestro hijo sea más fuerte que nosotros?

Además, aunque pensemos sólo a corto plazo, conseguiremos «contener» al niño ¿a qué coste? Haciendo que nos tema en lugar de querernos y respetarnos.

Recurrir a la violencia como herramienta educativa no es sino un fracaso de nuestra capacidad como padres de lograr un objetivo sin perder el afecto y el respeto de nuestro hijo.

Hay soluciones mejores sin duda.

Yo la que os propongo es la siguiente:

Si estás jugando con tu hijo y de repente te pega, muerde, escupe, grita o agrede de cualquier otro modo, levántate y aléjate de él. Y pon cara de pena. Hay que ser algo teatrales. La reacción habitual de la mayoría de los niños pequeños ante esto es de sorpresa. Y a los pocos segundos acude a buscarte para que vuelvas a jugar con él y extrañado de que te hayas marchado.

Es en ese momento cuando debes explicarle que te ha hecho daño, que eso no te gusta y que volverás a jugar con él, pero si vuelve a hacerte daño no jugarás y te marcharás de nuevo.

Esa misma conducta hay que repetirla cada vez que el niños nos agreda.

¿Cuál es el mensaje que le transmitimos? «Si haces daño a las personas que quieres, se alejan de ti.» Esto es lo que pasa en la realidad. El agresivo acaba sólo, en una cárcel o fuera de ella, pero los que lo quieren acaban abandonándolo uno tras otro.

Además logramos algo importante y es que el niño desarrolle la empatía: la capacidad de ponerse en el lugar de los demás y entender sus sentimientos, identificándose con ellos. La mayoría de las personas agresivas lo son porque carecen de empatía.

Si actuamos así, conseguimos que el niño nos respete, porque le queremos, nos quiere y entiende que si nos hace daño nos sentimos mal. Y si el afecto preside nuestra relación no querrá hacernos sentir mal.

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Vuelta al trabajo de mamá

La conciliación familiar y laboral es para la mayoría de las madres una utopía. Y la situación en la que eso se hace más evidente es la reincorporación de la madre al trabajo tras la baja maternal.

En España esa baja es de tan sólo 16 semanas. Y yo conozco a muchas madres que son trabajadoras autónomas y se plantean incorporarse mucho antes. La situación económica no acompaña. Y la legislación menos aún.

Quien inventase la frasecita «conciliación familiar y laboral», hizo uno de los chistes macabros más ingeniosos en mucho tiempo.

Tenemos unos horarios que piensan en todo menos en que unos padres puedan compaginar su trabajo con el horario escolar o con el cuidado de los hijos. Ha sido el sistema educativo el que ha ido desarrollando ofertas para cubrir la necesidades organizativas de los padres. Empezando por los comedores escolares, las aulas matinales, las actividades extra-escolares, los cursos o campamentos de verano… El problema es que gran parte de esos recursos son limitados y en la mayoría de los casos sufragados por los padres. Con lo que vemos una pescadilla que se muerde la cola: Hay que trabajar más para cubrir gastos, pero hay que buscar qué hacer con los niños mientras se trabaja más, con lo que volvemos a tener más gastos… Es una espiral que lleva a muchos padres a perderse literalmente la infancia de sus hijos.

Evidentemente en esto hay muchas situaciones diferentes. Hay gente con más margen de maniobra o otros si prácticamente ninguno.

Mientras, se nos cae la baba viendo como países de Europa con sistemas de impuestos que no superan a los nuestros pueden dar a los padres de sus países bajas maternales de hasta 3 años de duración, posibilidad de compatibilizar prestación por maternidad con actividad laboral desde casa a tiempo parcial… Pero no pagan más IVA que nosotros, ni más IRPF, ni más impuestos de sociedades, ni más seguridad social… Simplemente sus gobiernos tienen otras prioridades. En nuestro país hay prestaciones similares, pero sólo para unos pocos. Yo aluciné cuando me enteré de lo que duraba la baja maternal de alguien que trabajaba en la Diputación…

Yendo a lo práctico para el común de los mortales

La mayoría de las madres en nuestro país tiene que pensar antes de los 4 meses:

  1. Cómo adaptar la alimentación del bebé para cuando vaya a trabajar.  Otra nueva situación que juega en contra de la lactancia materna. Estamos hartos de decir que todas las recomendaciones sobre lactancia indican que lo ideal es mantener el pecho como alimentación única hasta los 6 meses de edad del bebé. Eso y el final de la baja maternal a los 4 meses deja a las madres dos opciones: Saltarse la recomendación iniciando antes la alimentación complementaria con el riesgo de aparición de alergias e intolerancias alimentarias, o sacarse leche para que el niño la tome en su ausencia. Esta segunda opción tiene muchos inconvenientes. No todas las madres pueden obtener la leche suficiente para esto. No todas pueden organizar un sistema de conservación y transporte seguro para que le den su leche en buenas condiciones sus cuidadores…
  2. Quién cuidará del bebé durante su horario laboral. Aquí de nuevo tres opciones: Familiar, persona contratada a domicilio, escolarización precoz… Y existen las tres opciones porque las condiciones de las distintas familias pueden variar muchísimo.

Lo que sí os recomiendo es que sea cual sea la opción que prefiráis, vuestra capacidad de maniobra y vuestras posibilidades, conviene planificarlo con el mayor tiempo posible:

– Encontrar la opción de cuidado más adecuada (no pudiendo ser los propios padres, que está claro que sería la deseable), va a precisar su tiempo. Salvo la posibilidad de recurrir a los benditos abuelos, todas las demás llevan un proceso de selección que puede resultar muy agobiante si no se encuentra nada que nos inspire confianza y se va acercando la fecha de incorporación al trabajo.

– No podemos pasar de dar el pecho a demanda un día a ausentarnos 8 horas durante la mañana sin que eso afecte a la lactancia. Si lo hacéis puedo aseguraros que en cuanto lleguéis el primer día del trabajo no vais a ir al baño, sino corriendo a ofrecerle el pecho a vuestro bebé, porque vais a reventar. Y si eso pasa lo normal es que el pecho interprete que sobra leche y empiece a producir menos, si es que nos os cuesta una mastitis. La solución es hacerlo de forma gradual desde unas semanas antes, o llevar saca-leches al trabajo si es factible.

– Tampoco podemos pasar de ser la referencia constante de un bebé a dejarlo ese tiempo con una persona distinta de un día para otro. Tanto el bebé, como la madre y la persona que vaya a cuidarlo van a necesitar de un periodo de adaptación a la nueva situación.

Por tanto planificadlo con tiempo y empezar a adaptar vuestra rutina a la opción escogida de forma gradual con al menos 2 semanas (mejor un mes) antes de la fecha de incorporación al trabajo.

La otra opción

Comprad lotería.

No, ya en serio. Porque el tema lo es, y bastante. Sé que hay gente que tras leer este artículo, especialmente los defensores de la crianza natural, dirán que todo esto es absurdo, un sinsentido. Y que la única opción razonable es que la madre priorice el bienestar de su hijo y que el Estado tiene capacidad pero no voluntad para hacerlo posible.

Esto pasa por un contacto constante de la madre con su hijo durante los (más o menos) tres primeros años de vida del niño. Pero yo sé que siendo lo deseable (y posible en otros países), con la situación actual no es posible para la inmensa mayoría de las madres. No sin asumir un coste social que en muchos casos no tienen margen para afrontar. Con la legislación y situación económica que tenemos, en la práctica para muchas madres significaría quedar fuera del mundo laboral. En algunos casos de forma casi irreversible.

Más vale que nuestro país vaya dando pasos para que esta «conciliación familiar y laboral» sea posible en un futuro cercano, porque sino nos espera un porvenir muy negro.

Basta con que los políticos dejen de pensar que el progreso de un país pasa por hacer un «Metro» en cada capital de provincia y mega-proyectos similares. El metro de Jaén lleva años paralizado. Tras gastar mucho más dinero del que costaría hacer compatible trabajo y crianza en toda la provincia de Jaén en acabarlo, a nadie se le ocurrió hacer un estudio de viabilidad y ahora no hay quien asuma ponerlo en marcha. Otro tanto pasa con el de Granada. Una ciudad con las comunicaciones destrozadas durante años, el Camino de Ronda (una de las vías fundamentales de comunicación de la ciudad) ha visto como la calle se volvía intransitable durante 5 años. Lo que unido a la crisis ha supuesto la desaparición de más de 1000 pequeñas empresas en esa zona. Y me apuesto el cuello a que cuando por fin lo acaben tardará años en ponerse en marcha porque como en Jaén llegarán tras acabarlo a la conclusión de que no es sostenible. En lugar de semejantes proyectos megalómanos sin sentido (pero que dejan buenas comisiones) deberían centrarse más en los problemas reales de la gente. Y la conciliación es uno de ellos.

Pero me parece que es demasiado esperar algo así de los políticos de este país. Ojalá me equivoque.

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Pediatría respetuosa

La Pediatría respetuosa es una forma de entender la salud del niño basada en las diferencias y el respeto a esas diferencias.

Este podría ser su decálogo, pero es una idea abierta que acepta aportaciones:

  1. CADA niño es diferente.

  2. Observar a CADA niño es la mejor forma de saber si tiene un problema o no.

  3. CADA niño tiene SUS mecanismos para adaptarse a los cambios.

  4. La mejor opción es apoyar SUS mecanismos.

  5. Modificaremos SUS mecanismos sólo si tenemos RAZONES CLARAS para pensar que le perjudican o son mejorables.

  6. Los pediatras aportamos nuestra experiencia como OPCIONES.

  7. Ante un problema hay siempre VARIAS OPCIONES.

  8. Las decisiones sobre la salud de los niños las toman los PADRES.

  9. Los padres y los hijos forman una UNIDAD que hay que respetar.

  10. La opción A RECOMENDAR no es «la mejor», sino la que funciona en cada caso para resolver los problemas y mejora la vida de la familia en su conjunto.

Voy a desarrollar cada uno de esos puntos de la forma en que yo lo entiendo:

CADA niño es diferente.

Los seres humanos somos diferentes. Pero tendemos a dar respuestas generales. En salud también ocurre. No lo hacemos porque realmente pensemos que una misma respuesta es cierta en todos los casos. Una de las cosas que nos enseñaron en la Facultad es: «Hablando de medicina, cualquier respuesta que incluya la palabra siempre, es falsa.»

La tendencia a dar respuestas generales y no matizarlas ha empeorado por culpa de la masificación. Debemos luchar contra esa tendencia, porque significa deshumanizar la medicina. Y eso no funciona. Porque la medicina trata única y exclusivamente de salud de humanos individuales. Enfermamos de forma individual y sanamos de forma individual.

Observar a CADA niño es la mejor forma de saber si tiene un problema o no.

Tendemos a usar cifras para «objetivar» nuestras apreciaciones sobre la salud de los pacientes. Pero en muchos casos nos centramos tanto en esas cifras que olvidamos observar al propio niño. Lo primordial es valorar la salud del niño, y eso se hace teniendo una visión de conjunto en la que miramos a la persona, no a sus cifras. Ejemplo: No generar preocupación ni hacer nada para que un niño suba de percentil de peso si está sano.

CADA niño tiene SUS mecanismos para adaptarse a los cambios.

La capacidad del organismo (especialmente del de los niños) para adaptarse a los cambios y responder a las agresiones es mayor de lo que llegamos a entender aún. No tenemos los conocimientos para dirigir de forma completa las reacciones del organismo. Y esos mecanismos de adaptación varían de individuo a individuo. Ejemplo: Ante un mismo virus hay niños que reaccionan sin fiebre y otros con fiebre alta. Pero también hay niños que toleran esa fiebre mejor que otros.

La mejor opción es apoyar SUS mecanismos.

Debemos ser humildes y confiar en la capacidad del cuerpo de curarse siempre que no aparezcan señales claras de que no funciona. De modo que ante una enfermedad o problema para adaptarse a un cambio lo mejor es valorar en primer lugar cómo responde el niño a esa situación y ayudar a los mecanismos que vemos que le están funcionando para superarla. Ejemplo: Hidratar bien a un niño cuando tiene fiebre.

Modificaremos SUS mecanismos sólo si tenemos RAZONES CLARAS para pensar que le perjudican o son mejorables.

Pero sabemos que en algunos casos aparecen mecanismos que en su intensidad o en la forma en la que actúan, pueden empeorar la evolución de un niño enfermo. En esos casos debemos tener razones claras para modificar o contrariar esas reacciones, pero hacerlo puede ser necesario para sanar al niño. Ejemplo: Tratar la fiebre cuando produce malestar o agotamiento.

Los pediatras aportamos nuestra experiencia como OPCIONES.

La época en la que el médico era la autoridad indiscutible en salud ha pasado: Por suerte. Los médicos seguimos siendo valiosos gracias a que atesoramos formación y experiencia. Los pacientes acuden libremente a nosotros en busca de ellas. Pero somos asesores, no jueces.

Ante un problema hay siempre VARIAS OPCIONES.

Un protocolo es una simplificación en la que se recomienda actuar de la forma que funciona mejor en más casos. Pero todos los médicos sabemos que esa forma de actuar no es la única, y que hay distintas opciones para resolver un mismo problema. Debemos exponer esas opciones para que el paciente (o sus padres en pediatría) escojan la que mejor se adapta a su situación con nuestro asesoramiento.

Las decisiones sobre la salud de los niños las toman los PADRES.

Esto es una realidad. Aunque muchos médicos no lo entendamos. Cuando una familia sale por la puerta de la consulta tienen la opción de seguir las recomendaciones del médico o no. Conseguiremos que lo hagan si los padres salen con la convicción de que el médico ha entendido el problema de su hijo, se les han explicado las distintas opciones, y la escogida lo ha sido de mutuo acuerdo entre el médico y los padres.

Los padres y los hijos forman una UNIDAD que hay que respetar.

En ocasiones nos centramos en cual es la mejor opción para el niño sin tener en cuenta la situación de los padres. Eso acaba perjudicando al niño, porque el bienestar de los padres es esencial para el bienestar del niño. Ejemplo: Si yo recomiendo que desde el punto de vista afectivo el colecho es la mejor opción. Pero no tengo en cuenta que para algunos padres es imposible descansar haciendo colecho. Estoy generando problemas. Porque daré a los padres la idea de que si no hacen colecho perjudican a su hijo, pero si lo hacen no descansarán y el resultado será que el niño vivirá con unos padres que viven su paternidad con ansiedad o con agotamiento.

La opción A RECOMENDAR no es «la mejor», sino la que funciona en cada caso para resolver los problemas y mejora la vida de la familia en su conjunto.

Los pediatras necesitamos tiempo para conocer al niño, a sus padres y las condiciones que hacen que la opción a recomendar ante un problema sea una u otra. En ocasiones tenemos prejuicios sobre cual es la mejor opción de forma general. Esto es especialmente frecuente en cuestiones de crianza. Debemos ser tolerantes y flexibles entendiendo que la mejor opción en cada niño es la que consigue un mejor resultado no sólo en el niño considerado de forma aislada, sino en la convivencia de todos los miembros de su familia.

Esta forma de entender la Pediatría tiene un factor limitante: EL TIEMPO. Para ejercer la pediatría de la forma descrita necesitamos tiempo para cada familia.

Y un enemigo: LA MASIFICACIÓN que pretende transformar la medicina en una cadena de montaje en serie.

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Los bebés se calman en brazos

Los típicos tópicos sobre educación en un tema muy concreto: los niños y los brazos (de sus padres)

«No lo cojas tanto en brazos que se va a acostrumbrar.»

Seguro que os lo han dicho alguna vez. «Y si no os lo han dicho es que tenéis que cogerlo más» (es broma).

Los bebés se calman en brazos. Pues sí. Son muy raros, les gusta que les abracen y sentirse queridos. Yo soy igual de raro. Me gusta que me abracen, el contacto con las personas que me agradan. Sentirme seguro y relajado disfrutando de estar con alguien de quien sólo espero cosas buenas. No dejes que nadie te diga que hacer eso a tu hijo es malo. O pasa totalmente de quien lo haga…

«Los bebés no son capaces de regular el estrés, por lo que depende  del contacto con su figura de apego, su calor y su voz para tranquilizarse y sentirse seguro». Esto es verdad a medias. Los bebés si que son capaces de regular el estrés. Si no dispone de la figura de apego, acabará activando otros mecanismos para superarlo. Ningún niño se muere porque sus padres no puedan atenderle de forma inmediata.

El problema es que son mecanismos que precisan un esfuerzo mucho mayor por parte del niño. Forzarlo a recurrir a esos mecanismos más difíciles no tiene mucha justificación si nuestro único planteamiento es: podría cogerlo y abrazarlo en este momento, pero no se si es bueno que lo haga. Hazlo, por su puesto que es bueno. Pero tampoco te agobies si empieza a llorar justo en el momento que te das cuenta que se está quemando la comida. Puede esperar a que apagues el fuego.

«Un bebé primitivo que no llorase y reclamara los brazos de sus progenitores sería rápidamente capturado por cualquier depredador al acecho». Esto significa que los bebés han adquirido esa necesidad a lo largo de cientos de miles de años de evolución de la humanidad. Si pretendemos que eso cambie, es posible, pero va a costar. A veces las circunstancias familiares lo hacen necesario. Pero si no lo es, mi consejo es que le evites ese esfuerzo de adaptación.

Derivado de lo anterior, los bebés llevados en brazos lloran menos y durante menos tiempo. Esto no sólo se debe a los beneficios directos de la cercanía (movimiento, calor, olor) sino también a que el adulto que le lleva está más atento a los signos de incomodidad que pueda tener el bebé y, por tanto, puede atenderlos antes (por ejemplo, el hambre).

Entonces, ¿en brazos hasta los 18 años?

No. Todo tiene su momento. Yo he llevado mucho en brazos a mi hijo. Gracias a eso y a otras muchas muestras de afecto me he ganado que se preocupe por mi bienestar. Llegó un momento con unos 5 años (es bastante delgado, con lo que no me ha costado hasta ese momento cogerlo) en que ya empezaba a resultarme molesto cogerlo en brazos con mucha frecuencia (dolores de espalda). Pero lo entendió perfectamente. En cuanto le expliqué unas cuantas veces que no lo podía coger tanto como antes porque ya pesaba mucho y luego me dolía la espalda, ha ido dejando de pedirlo, y lo entiende cuando se lo digo. Es bueno, me quiere y no quiere que haga algo que me va a doler.

¿Significa eso que ya nunca lo cojo en brazos?

Pues no. Cuando llegamos a casa tarde y está muerto de sueño lo cojo. Y no sé si le gusta más a él o a mí sentirlo como deja su cabeza vencida sobre mi hombro.

A veces tras una larga caminata (larga para él) me pide que lo coja. Yo ya sé que con que lo lleve unos minutos luego va a entender perfectamente que debe seguir a pie. Es mejor hacerlo así que liarla para que siga andando a buen ritmo cuando realmente ya está cansado. Es lo que hago si tenemos prisa. Si no la hay, pues paramos un poco a descansar y seguimos.

El resumen:

Con los niños todo tiene su momento. Cuando hacemos las cosas de forma razonable, casi siempre el resultado acaba siendo igual de sensato. Se pueden conseguir las mismas cosas de formas muy diferentes. No pretendo que mi hijo sea egoísta, caprichoso ni consentido. Pero reivindico la palabra «mimado». El mío lo es, y me encanta que lo sea. Significa que se siente querido. Pero eso no le impide valerse por si mismo, ser sensato en lo que puede serlo para su edad y saber que a veces no es posible lo que le apetece.

Escoged vuestra propia forma de hacerlo. Aquella con la que os sintáis felices junto a vuestro hijo. Esa es la mejor garantía de éxito criando niños.

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¿Qué mochila portabebés es la mejor para mí?

Si quieres una mochila para llevar a tu bebé y no sabes cual escoger, hay expertas que pueden ayudarte.

En esta web encontráis mucha información gratuita sobre salud infantil. Mi deseo es ayudar a los padres a ser más autónomos. Pero yo no soy experto en todo lo que pueda relacionarse con niños. Y a veces establezco colaboraciones con otras personas que lo son en campos complementarios. Si tu lo eres no dudes en comentármelo.

El tema del porteo es uno de ellos. Yo puedo hablar de las ventajas para la salud que tiene el porteo. Es una necesidad que en realidad tienen todos los padres: Llevar a su bebé en brazos. Pero especialmente recomendable en niños con Reflujo o con Cólico del lactante. Pero hay una madre a la que conocí a través de la web que ha hecho de ello una pasión y al tiempo una forma de sacar adelante a su propia familia. Y colaboro con ella por medio de un sistema de afiliación. Lo que quiere decir que si compráis vuestra mochila a través de uno de los enlaces presentes en esta página yo recibo una comisión y esta madre vende sus productos. Lo que no supone que os los cobren por encima del precio de mercado. Es una forma de «premiarme» sin que a vosotros os cueste nada por la información que os doy.

En este caso, para escoger la mochila con la que transportar a vuestro bebé que puede ser útil en tu caso, hay que tener en cuenta varias cuestiones: Edad y peso de tu bebé, cuál es la utilidad que quieres darle a la mochila, tus propias preferencias…

Una de las ventajas de la web que os recomiendo es que su autora está disponible para que podáis pedirle información sobre cuál es la mochila que mejor se adapta a vuestras necesidades.

Podéis solicitar su ayuda a través de este formulario.

 

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Los terribles dos años

A veces los niños sufren cambios que parecen bruscos. A los dos años hay cosas llamativas en la conducta.

Recuerdo que refiriéndose a la pubertad mi padre decía en muchas ocasiones: «de pequeños estaban para comérselos, y de grandes, que pena de no habérselos comido.»

Pero eso es algo que muchos padres piensan mucho antes: Algunos lo llaman los «terribles dos años» o la «crisis de los dos años». Se puede resumir en una palabra: «No.»

Vamos a intentar entenderlo, porque sólo entendiéndolo se dota uno del arma más necesaria en esa situación: La «santa paciencia».

El desarrollo de los niños no es lineal, y además cada niño tiene sus variantes. Pero en torno a los dos años es frecuente que los padres noten algunos cambios significativos en la conducta de su hijo. Es la etapa de las rabietas, de llevar la contraria a todo, suelen ser más frecuentes las pesadillas, los miedos y los terrores nocturnos. En resumen, que cuando parecía que íbamos tomándole el tranquillo a esto de criar niños se nos desmonta todo.

Encima es para muchos niños su primera invierno de escolarización, y algunos no paran de pillar infecciones. Otros empiezan a seleccionar la dieta y a no querer comer alimentos que hasta entonces aceptaban bien.

Vamos a añadirle que llegamos a un nivel de razonamiento y de lenguaje que le permite escoger y expresar sus elecciones, pero aún de forma imperfecta (lo que le genera frustración si no es entendido).

Suele juntarse con todo esto que parece que toca quitar el pañal y el chupe (si lo tenían). Y que en muchos de los que siguen con el pecho empieza el destete (evidentemente se puede seguir por encima de esta edad).

Si a todo este panorama le sumamos un hermanito recién nacido (los dos años son la cadencia más habitual entre hermanos) la tenemos pero bien liada.

¿Cuál es la clave del problema? Autonomía.

Voy a intentar explicarlo: Al principio los padres solemos agobiarnos porque los niños son seres totalmente indefensos. Dependen para todo de nuestro cuidado. No es raro que eso suponga para muchos padres la mayor responsabilidad que se ha asumido en la vida.

Pero va pasando el tiempo, vamos conociendo a nuestro hijo y empezamos a entender sus necesidades, cómo nos las expresa y cómo cubrirlas. Incluso empezamos a entender que tenemos cierto margen de maniobra y que podemos escoger entre formas difrentes de suplir sus necesidades.

Cuando esto ocurre, empezamos a tener la sensación de que dominamos la situación y que hasta podemos escoger la forma de hacer las cosas que mejor se amolda a nuestras preferencias.

Pero entonces, de repente, el niño adquiere la capacidad de hacer cosas de forma autónoma, o de no hacerlas… Y eso es nuevo. De repente, perdemos la capacidad de planificar mínimamente, porque él empieza a tener iniciativa de temas que antes ni se planteaba (lo que quiere hacer en este momento y lo que no, o sus preferencias, escoge ropa, comida, juegos, juguetes, compañía…), y además empieza a expresarlo de forma clara.

Se está definiendo su personalidad. Y eso quiere decir que disfruta escogiendo las opciones que más le gusta, y al mismo tiempo, que le disgusta tremendamente que no se respeten esas elecciones.

Como decía al principio aparecen:

El no. Es decir, la capacidad de escoger no hacer lo que hemos planeado nosotros y le incluye.

La rabieta. Es su forma de expresar la frustración cuando no consigue que los demás se sumen a su elección.

La agresividad. Es una forma de rabieta que se expresa con violencia porque su capacidad de hacer daño es ahora mayor. Al principio no interpretan que hacen daño. Poco a poco lo identifican y ante eso hay niños que abandonan la violencia y otros que la intensifican. Depende mucho del vínculo afectivo, de los ejemplos que tiene en su entorno, y por supuesto de la propia personalidad del niño.

La clave general es entender que esto es uno de los procesos de cambio necesarios para su desarrollo. En el futuro esperamos que sea cada vez más autónomo.

Lo que recomiendo a los padres es que ante cualquier elección del niño que no se amolda a nuestra idea inicial valoremos:

– Lo que ha escogido el niño es una alternativa aceptable: Cede. Refuerzas su autoestima y le muestras que eres flexible cuando puedes serlo.

– Lo que ha escogido podría aceptarse pero en este momento prefieres no hacerlo: Valora si ante una conducta de presión por parte del niño vas a ceder. Si es así, no esperes a que haga una conducta que no deseas (como la rabieta) para ceder tras ella.

– Es claramente una opción no aceptable: Pues toca aguantar, a pesar de la rabieta. Y tras ella con cariño, con paciencia, explicar porqué no es posible y que usando ese medio no va a conseguir las cosas.

Lo desesperante de todo esto, es que incluso haciéndolo bien, los resultados no son nunca inmediatos. Pero en eso consiste la educación y por eso es tan difícil ser buenos padres.

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El niño obediente

Hay niños más «obedientes» que otros. Algunos no obedecen a nada de lo que se les dice. Cómo pueden actuar los padres ante esto.

Hablar de «obediencia» en niños tiene mucha carga negativa hoy día. Sobre todo cuanto menos contacto tiene uno con los niños. Cuando uno es padre, y especialmente si lo es de un niño que no hace caso nunca, las frases «debemos respetar la autonomía del niño», la «educación es afecto no autoritarismo»… Y otras similares, que suenan muy bien y se dicen mucho, empiezan a perder bastante su brillo.
Para abordar este tema sin remilgos, creo que hay que ser claro: La relación de los padres con el hijo no es una relación entre iguales. Debe buscarse que acabe siéndolo, pero es absurdo tratar como un igual a alguien incapaz de entender el entorno en el que vive y las consecuencias de sus actos.
Al final, es hablar de un término poco popular hoy día del que ya tengo otro artículo: Autoridad.
Hay quien con el niño desobediente cree que hay que tener mano dura: No.

La mejor forma de conseguir que un niño acepte hacer lo que le digamos sin discutirlo es una suma:

Amor+confianza+firmeza.

Las tres son difíciles de conseguir y fáciles de perder.
Con «mano dura», se pierde el afecto, la confianza no existe y la firmeza es sólo aparente.

Explicar a fondo este tema daría para un libro completo. Pero os voy a dar algunas claves:

– No queremos un niño sumiso. Sino uno que acepte nuestra ayuda cuando intentamos protegerlo.
– No queremos un niño que nos tema. Sino uno que valore nuestros consejos.
– No queremos un niño sin iniciativa. Sino uno que tenga paciencia cuando es necesario

Cómo conseguimos un niño no obediente:

Si basamos nuestra relación en la confrontación y el dominio.
Si haces de la relación con tu hijo una guerra por el dominio, ten claro que quien va a ganar es él. Él puede dedicar las 24 horas del día a esa guerra. Tú no.
Es mucho mejor basar la relación en el afecto. Si tu hijo se pone insoportable en cualquier momento, dale un abrazo y dile que lo quieres. Te sorprenderá el resultado.
Si perdemos los nervios. Lo más potente que existe en educación es el ejemplo. Si tú pierdes los nervios acabarás conviviendo con un niño que los pierde cuando no controla una situación. ¿Es eso lo que quieres?
Si usamos la violencia. Puede funcionar mientras seamos los únicos capaces de ejercerla. Pero lo que el niño aprende no es que es bueno escuchar lo que mis padres me dicen. Lo que aprende es que ejercer la violencia es un método que funciona para conseguir cosas. ¿Es eso lo que quieres que piense el día que él pueda ejercerla?
Si saturamos continuamente con órdenes. A veces tendemos a querer controlar lo incontrolable. Un niño no es un adulto pequeñito. No puede «estarse quieto» y «tener cuidado» con esto y aquello y lo de más allá. Por naturaleza, son impulsivos y no tienen la experiencia para cuidar de las muchas cosas que los adultos controlamos al hacer cualquier actividad. ¿Recordáis cuando aprendíais a conducir, no os parecía imposible manejar el volante, vigilar todos los ángulos del vehículo y al mismo tiempo controlar las marchas, los intermitentes. Pues si eso te costó siendo ya adulto, piensa lo que supone para un niño comer sin derramar la comida mientras ve sus dibujos animados favoritos y tú le das indicaciones continuas.

Cómo hacerlo bien:

Amor. Los niños necesitan afecto. Todos lo necesitamos. Pero para ellos es una necesidad aún más esencial. Y una tendencia natural es querer complacer a las personas a las que quieres. Por eso, lo niños que se sienten muy queridos por sus padres tienden a complacerlos. Esto no es el único factor, y por tanto si un niño no nos obedece no podemos deducir que no nos quiere o no se siente querido. Pero una relación en la que el afecto es evidente facilita mucho las cosas.
Confianza. Obedecer significa hacer las cosas de un modo concreto sin entender porqué, simplemente porque nos lo pide alguien. Alguien en quien confiamos. Y ¿cómo se gana la confianza de un niño? Pues entre otras cosas siendo fiel a nuestra palabra. Cuando cumplimos lo que decimos, nuestra palabra gana valor para el niño. Si hablamos continuamente prometiendo cosas que no cumplimos o amenazando con acciones que sabemos que no haremos, acabamos transmitiendo al niño que escucharnos es irrelevante.
Firmeza. Para que funcione como debe, hay que escoger muy bien cuando usarla. Eso de «lo voy a hacer así para que sepa quien manda» es una soberana estupidez. Lo que hagas con firmeza hazlo porque estés convencido de que es lo mejor para tu hijo, no para demostrarle nada, sino para protegerlo. Esa es la única justificación válida para ser inflexible con un niño. Y ¿en qué consiste esa firmeza? En no dar aquello que sabes que le perjudica, no facilitar que consiga lo que le perjudica o directamente a veces privarle de lo que le perjudica.

Sobre todo, la clave es pensar antes de actuar.
Y tener claro que en educación, aún haciendo las cosas bien los efectos nunca son inmediatos. Pero que con el tiempo el esfuerzo por hacerlo bien siempre se nota.

A los que queráis profundizar más en este tema os recuerdo que tengo un eBook sobre el tema:

Crianza y Educación.

Crianza y Educación Entre el amor y la responsabilidad
 

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¿Cómo son los niños de alta demanda al ir creciendo?

Yo fui un niño de alta demanda. Lo que os voy a contar es una mezcla entre lo que sé sobre este tipo de niños por los libros y cómo lo ve quien lo es.

Lo primero que hay que entender es que calificar a un niño «de alta demanda» es una generalización. Es poner una etiqueta que nos permita comprender en parte porqué este niño no «parece normal». Pero que dentro de los niños a los que ponemos esa etiqueta hay grandes diferencias y la forma en que va a evolucionar depende mucho de él mismo, de como lo criamos y del ambiente que le rodea.

Lo que voy a describir lo voy a ilustrar con ejemplos de mi propia experiencia viendo mi vida en retrospectiva. Lo que es una nueva simplificación. Nada asegura que la evolución de otros niños de alta demanda sea similar, pero tal vez os ayude a entender mejor lo que explique.

Os pondré un ejemplo de los «calentamientos de cabeza» que puede deparar un niño de alta demanda a sus padres: Me escapé del colegio con 4 años y no aparecí en mi casa hasta las 7 de la tarde. No consiguieron encontrarme. Cuando mi abuela llegó a mi casa para ver si había aparecido me encontró sentado en la escalera. No me había atrevido a llamar a la puerta. Fue el resultado de algo que ocurre en los niños de alta demanda. Tienen elaboraciones mentales que no suelen entenderse en niños de su edad.

En mis primeros 5 años de escolarización cambié 4 veces de colegio. Y no es porque mis padres se desplazasen para vivir a otro lugar. Sino porque tenía problemas en todos. El fundamental es que me aburría soberanamente y hacía las tareas siempre a mi manera. Y además toleraba fatal que me corrigiesen. Me costaba horrores hacer algo si previamente no me explicaban porqué debía hacerlo. O me convencían con argumentos que yo entendiese o no había manera.

En cuanto a la necesidad afectiva. Cuando crecí dejé de tener la necesidad de afecto continuo en el sentido de ser abrazado o cogido en brazos constantemente, pero seguía necesitando sentir la aprobación de aquellos a los que quería. Cualquier expresión de desaprobación de mi conducta por parte de mis padres me afectaba profundamente.

Sobre la necesidad de estímulos. Como me crié en una familia de 7 hermanos, dos de ellos mayores que yo, la falta de estímulos no era un problema. No necesitaba que mis padres me aportasen esos estímulos. Pero además, poco a poco fui desarrollando mi capacidad para buscarlos por mí mismo. Empecé a hacer cada vez más cosas yo sólo y llegó el momento en que podía pasar horas haciendo «mis cosas». Con el tiempo me volví muy autónomo. Al salir del colegio con 14 años me encargué sin ni siquiera consultar a mis padres de hacer la matrícula en el instituto y más tarde de la Universidad y de buscarme alojamiento fuera de mi ciudad natal, así como de conseguir un préstamo del banco para mantenerme mientras me llegaba mi primera beca.

Una de las cosas hacia las que acabó dirigiéndose mi necesidad de estímulos nuevos fue el deseo de aprender. Cuando aprendí a leer, empecé a pasar horas y horas en la biblioteca municipal de Guadix. Ojeaba cientos de libros y a partir de los 9-10 años leía varios por semana. Acabé compensando mis problemas de conducta y respeto a la autoridad en el colegio por un nivel de conocimientos raro en mi edad. Pero seguía haciendo las cosas a mi modo. Me encantaban por ejemplo las matemáticas, pero hacía los problemas a mi manera. Algunos maestros miraban sólo los resultados y como estaban bien, no había problemas. Otros insistían en que además del resultado, la forma de resolverlo fuese la que ellos explicaban y entonces «había problemas».

En las reuniones familiares era más fácil encontrarme en un rincón junto a los mayores escuchando sus conversaciones que jugando con los otros niños. En esas conversaciones se hablaba sobre problemas que yo captaba en mi entorno y me interesaban desde una edad muy temprana. En ese sentido, este tipo de niños necesita que se hable con ellos de los problemas como si fuesen un adulto más integrante de la familia. Porque los captan con facilidad y no entender cómo se van a afrontar les genera una ansiedad que no se espera de otros niños de su edad.

A veces lo pasan mal porque captan los problemas, pero no tienen la madurez suficiente para afrontarlos. En mi caso el único problema que había en mi familia era la falta de recursos económicos. De hecho, me encanta la economía, y tengo claro que es una afinidad que nació de ver esos problemas en la casa y la necesidad que sentía de aportar soluciones. Yo fui muy ahorrador desde muy pequeño.

A veces tenía enfados que nadie entendía. Solían estar motivados porque daba mucha importancia a cosas que se suponen irrelevantes para un niño tan pequeño. Y tenía tendencia a volvar esos enfados hacia mí mismo. Me autocastigaba poniéndome en un rincón mirando a la pared y pasando así horas…

Tengo que afirmar sin dudarlo que si alguien lograba entenderme era mi madre. Era la única que miraba más allá de lo evidente e intentaba entender «qué tripa se me había roto esta vez».

En cuanto a lo persistentes que son los niños de alta demanda cuando se plantean un objetivo, tengo que decir que es una virtud. A mí me ha permitido conseguir casi cualquier cosa que me he propuesto. Especialmente cuando conseguirlo depende fundamentalmente del esfuerzo propio. Es importante eso sí guiar a estos niños hacia objetivos positivos y que aprendan a asimilar la frustración cuando no lo consiguen.

Podría seguir horas escribiendo sobre esta forma de ser. Tal vez acabe escribiendo un pequeño libro sobre el tema. Si tenéis hijos así con 10-15 años y queréis entenderlos un poco mejor os recomiendo un par de libros que me encantaron en mi adolescencia:

Las desventuras del joven Werther de Goethe.

Bajo las ruedas de Hesse.

Pero sin duda alguna, si os tengo que recomendar algo a los padres y madres de niños de alta demanda con más de 2-3 años es que leais a Mafalda.

Es la mejor forma de entender a vuestros hijos sin tremendismos y con un buen toque de humor.

 

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Niños de alta demanda o Hipereactivos con déficit de atención

Una de las características de los bebés de alta demanda es que son muy activos. Muchos padres los confunden con niños hiperactivos con déficit de atención.

Lo primero que conviene aclarar es que calificar a un niño de alta demanda o como hiperactivo con déficit de atención, es una simplificación. Lo que hacemos es dar un nombre a algo que parece salir de la normalidad. Pero hay niños muy diferentes dentro de esa calificación. Por tanto al establecer diferencias entre estos dos grupos lo único que hacemos es destacar matices a partir de conceptos. En los niños concretos, estas diferencias pueden no ser tan fáciles de apreciar.

Los niños hiperactivos con déficit de atención (TDAH) son mucho más conocidos que los de alta demanda. Hay varios motivos para ello. Uno es que parecen ser mas frecuentes. Otro, que como los niños con TDAH tienen tratamiento farmacológico, las empresas que comercializan el tratamiento se han esforzado en dar a conocer el TDAH. Para mi gusto hasta más de la cuenta. Se diagnostican demasiados, en mi opinión.

La cuestión es que tanto los niños de alta demanda como los que tienen TDAH son hiperactivos, es decir agotadores.

Pero existe una diferencia fundamental entre ellos y es la capacidad de atención:

El TDAH supone que los niños tienen dificultad para centrarse en una actividad porque la porción anterior de su cerebro (la que controla la conducta) tiene una actividad reducida. Eso genera problemas, especialmente en la adaptación escolar. Son niños a los que cuesta mucho mantener la atención durante las explicaciones del maestro y que suelen dejar las tareas inacabadas. Por eso se tratan para conseguir que el niño pueda centrar su atención y tenga un desarrollo más normal.

Los niños de alta demanda, lo que tienen es una capacidad de centrar su atención incluso por encima de lo normal. Cuando se empeñan en un objetivo es muy complicado que lo abandonen. Podría pensarse que eso significa que no van a tener problemas de adaptación escolar. Sin embargo pueden tenerlos también, porque escogen sus propios objetivos y en muchos casos no tienen nada que ver con los que se establecen en el colegio. De hecho, suelen consumir estímulos y actividades a gran velocidad, lo que hace que su problema sea que se aburren en el colegio. Cuando no hacen una tarea no es porque no puedan completarla. Serían de hecho capaces de acabarla mucho más rápido que la mayoría. Pero no la hecen porque no les motiva. A estos niños no les sirve el tratamiento del TDAH, si se les diese los pondría «como una moto». No tienen un defecto que tratar.

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Peketema 5: Los niños que no comen

En realidad, los niños que no comen no existen. Pero la sensación de que un niño no come bien es algo muy frecuente. Cuándo tenemos que preocuparnos los padres y cómo podemos actuar es el tema de este artículo.

Esta semana vuestras sugerencias para Peketema han sido una avalancha. Entre los temas más votados había artículos sobre los que ya he escrito. Este tema también lo había tratado ya. Pero creo que es con diferencia uno de los que más afectan a la relación padres-hijos y por eso quiero ampliar el enfoque con un par de artículos más sobre él.

Como decía, los niños que no comen no existen, porque se mueren. La gran mayoría de los padres que me consultan por este motivo no traen a un niño con graves problemas de salud, ni malnutrido, ni con mal estado general. Es muy frecuente que sean niños incluso más activos de lo normal. En su mayoría delgados. Pero incluso veo algunos con un peso normal o hasta por encima de lo normal.

Por eso, el primer paso que tenemos que dar al hablar de que mi hijo no come bien es sacar las comidas de nuestro pensamiento, mirar a nuestro hijo y preguntarnos: «¿Está sano?»

Si tenemos dudas, diremos que está sano si es activo, tiene una vida similar (a parte de las comidas) a la del resto de los niños de su edad, y no necesita atención médica por otros motivos importante.

Mi experiencia me dice que en la gran mayoría de los casos el niño que no come bien está sano. Y en este artículo me centraré en esos niños. Sólo mencionar que si no está sano y come mal hay que descartar causas como infecciones de orina, intolerancias alimentarias, reflujo gastro-esofágico… Para eso, evidentemente acudid a vuestro pediatra.

Para la otra gran mayoría de niños «que no comen» pero están sanos os voy a hacer unas preguntas. Y las prefiero hacer aquí y no en directo para que os respondáis con total sinceridad:

– ¿Realmente tu hijo no come, o come sólo lo que quiere y cuando quiere? Esto es lo habitual. Si tu hijo está sano, sin duda está comiendo. Lo que los padres interpretan como que no comen es que no come las comidas.

– ¿Cuántas veces le ofreces alimento al día? Entendemos por alimento cualquier comida o bebida distinta al agua. Yo suelo recomendar que a lo largo del día, cada vez que le ofrezcas comida lo apuntes. Apuesto a que son más de 10 veces al día. Y a que suele tomar sólo una pequeña cantidad, sólo de lo que le gusta y porque vas persiguiéndole.

– En las horas de las comidas, ¿Usas cualquier sistema que se te ocurre para entretenerlo mientras le das de comer y has acabado eliminando de su menú cada vez más alimentos para adaptarse a lo poco que parece aceptar?

Prefiero que medites un momento sobre tus respuestas.

Si quieres saber lo que opino sobre como solucionarlo te recomiendo otro artículo sobre el niño que come mal y El origen de los problemas con la comida en niños.