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¿Cómo son los niños de alta demanda al ir creciendo?

Yo fui un niño de alta demanda. Lo que os voy a contar es una mezcla entre lo que sé sobre este tipo de niños por los libros y cómo lo ve quien lo es.

Lo primero que hay que entender es que calificar a un niño “de alta demanda” es una generalización. Es poner una etiqueta que nos permita comprender en parte porqué este niño no “parece normal”. Pero que dentro de los niños a los que ponemos esa etiqueta hay grandes diferencias y la forma en que va a evolucionar depende mucho de él mismo, de como lo criamos y del ambiente que le rodea.

Lo que voy a describir lo voy a ilustrar con ejemplos de mi propia experiencia viendo mi vida en retrospectiva. Lo que es una nueva simplificación. Nada asegura que la evolución de otros niños de alta demanda sea similar, pero tal vez os ayude a entender mejor lo que explique.

Os pondré un ejemplo de los “calentamientos de cabeza” que puede deparar un niño de alta demanda a sus padres: Me escapé del colegio con 4 años y no aparecí en mi casa hasta las 7 de la tarde. No consiguieron encontrarme. Cuando mi abuela llegó a mi casa para ver si había aparecido me encontró sentado en la escalera. No me había atrevido a llamar a la puerta. Fue el resultado de algo que ocurre en los niños de alta demanda. Tienen elaboraciones mentales que no suelen entenderse en niños de su edad.

En mis primeros 5 años de escolarización cambié 4 veces de colegio. Y no es porque mis padres se desplazasen para vivir a otro lugar. Sino porque tenía problemas en todos. El fundamental es que me aburría soberanamente y hacía las tareas siempre a mi manera. Y además toleraba fatal que me corrigiesen. Me costaba horrores hacer algo si previamente no me explicaban porqué debía hacerlo. O me convencían con argumentos que yo entendiese o no había manera.

En cuanto a la necesidad afectiva. Cuando crecí dejé de tener la necesidad de afecto continuo en el sentido de ser abrazado o cogido en brazos constantemente, pero seguía necesitando sentir la aprobación de aquellos a los que quería. Cualquier expresión de desaprobación de mi conducta por parte de mis padres me afectaba profundamente.

Sobre la necesidad de estímulos. Como me crié en una familia de 7 hermanos, dos de ellos mayores que yo, la falta de estímulos no era un problema. No necesitaba que mis padres me aportasen esos estímulos. Pero además, poco a poco fui desarrollando mi capacidad para buscarlos por mí mismo. Empecé a hacer cada vez más cosas yo sólo y llegó el momento en que podía pasar horas haciendo “mis cosas”. Con el tiempo me volví muy autónomo. Al salir del colegio con 14 años me encargué sin ni siquiera consultar a mis padres de hacer la matrícula en el instituto y más tarde de la Universidad y de buscarme alojamiento fuera de mi ciudad natal, así como de conseguir un préstamo del banco para mantenerme mientras me llegaba mi primera beca.

Una de las cosas hacia las que acabó dirigiéndose mi necesidad de estímulos nuevos fue el deseo de aprender. Cuando aprendí a leer, empecé a pasar horas y horas en la biblioteca municipal de Guadix. Ojeaba cientos de libros y a partir de los 9-10 años leía varios por semana. Acabé compensando mis problemas de conducta y respeto a la autoridad en el colegio por un nivel de conocimientos raro en mi edad. Pero seguía haciendo las cosas a mi modo. Me encantaban por ejemplo las matemáticas, pero hacía los problemas a mi manera. Algunos maestros miraban sólo los resultados y como estaban bien, no había problemas. Otros insistían en que además del resultado, la forma de resolverlo fuese la que ellos explicaban y entonces “había problemas”.

En las reuniones familiares era más fácil encontrarme en un rincón junto a los mayores escuchando sus conversaciones que jugando con los otros niños. En esas conversaciones se hablaba sobre problemas que yo captaba en mi entorno y me interesaban desde una edad muy temprana. En ese sentido, este tipo de niños necesita que se hable con ellos de los problemas como si fuesen un adulto más integrante de la familia. Porque los captan con facilidad y no entender cómo se van a afrontar les genera una ansiedad que no se espera de otros niños de su edad.

A veces lo pasan mal porque captan los problemas, pero no tienen la madurez suficiente para afrontarlos. En mi caso el único problema que había en mi familia era la falta de recursos económicos. De hecho, me encanta la economía, y tengo claro que es una afinidad que nació de ver esos problemas en la casa y la necesidad que sentía de aportar soluciones. Yo fui muy ahorrador desde muy pequeño.

A veces tenía enfados que nadie entendía. Solían estar motivados porque daba mucha importancia a cosas que se suponen irrelevantes para un niño tan pequeño. Y tenía tendencia a volvar esos enfados hacia mí mismo. Me autocastigaba poniéndome en un rincón mirando a la pared y pasando así horas…

Tengo que afirmar sin dudarlo que si alguien lograba entenderme era mi madre. Era la única que miraba más allá de lo evidente e intentaba entender “qué tripa se me había roto esta vez”.

En cuanto a lo persistentes que son los niños de alta demanda cuando se plantean un objetivo, tengo que decir que es una virtud. A mí me ha permitido conseguir casi cualquier cosa que me he propuesto. Especialmente cuando conseguirlo depende fundamentalmente del esfuerzo propio. Es importante eso sí guiar a estos niños hacia objetivos positivos y que aprendan a asimilar la frustración cuando no lo consiguen.

Podría seguir horas escribiendo sobre esta forma de ser. Tal vez acabe escribiendo un pequeño libro sobre el tema. Si tenéis hijos así con 10-15 años y queréis entenderlos un poco mejor os recomiendo un par de libros que me encantaron en mi adolescencia:

Las desventuras del joven Werther de Goethe.

Bajo las ruedas de Hesse.

Pero sin duda alguna, si os tengo que recomendar algo a los padres y madres de niños de alta demanda con más de 2-3 años es que leais a Mafalda.

Es la mejor forma de entender a vuestros hijos sin tremendismos y con un buen toque de humor.